Un cuento para dormir
Aquí os pongo un cuento que escribí hace un tiempo. Siempre es bueno tener algo a mano cuando vas a dormir y no puedes. Espero las críticas, aunque sean para deprimirme.
Una vez más, se detuvo a contemplar su imagen en el borde del río. Las aguas del Maine poseían la virtud de devolver a todo aquel que se mirara en ellas los sentimientos más recónditos de su alma mediante el reflejo de su persona.
Triste tenía el semblante y conforme volvía a aquel sitio, su rostro había ido haciéndose más abatido y sombrío, hasta el grado de que casi parecía etéreo. En aquella mirada se vislumbraban dos ojos azules cuales zafiros perfectamente tallados. Pero estos no transmitían otra sensación, sino la de una profunda incertidumbre. No es de extrañar que esto ocurriera, pues, no es para menos cuando hace tiempo que has comenzado a cuestionarte tu propia existencia.
El hada inclinó lentamente la cabeza y su larga cabellera rubia se desplazó en el mismo sentido. Pocas lágrimas, pero no por ello menos dolorosas, rasgaron la suave piel de su faz. Sin esperar un momento más, comenzó a mover grácilmente sus alas, con lo que sus delicados pies dejaron de tener contacto con la superficie terrestre. Mientras volaba se movía sin rumbo fijo. Desplazándose de aquí para allá. Hasta que encontró precisamente aquello que buscaba. Dirigió su pequeño cuerpo hacia un claro en medio del bosque. En cuanto descendió al suelo, hizo un gesto con la mano que sujetaba su varita mágica. Al mismo tiempo, murmuró unas palabras que, de cuan dulces eran, pareció que cantaba. De inmediato y por arte de magia comenzó a brotar una seta sobre la cual acabó posándose.
Habiéndose sentado alzó los ojos al firmamento. A pesar de que normalmente el cielo acostumbraba a estar encapotado, no fue el caso aquella noche. Es por ello que la vista se le perdía en un fondo negro infinito manchado de estrellas. Justo en el centro se hallaba una luna mentirosa que decía crecer cuando realmente menguaba. Estuvo así durante horas o tal vez tan sólo fueran unos pocos segundos. Lo cierto es que puede parecer eterna una pequeña fracción de tiempo cuando estás esperando vehementemente algo y crees que no va a llegar nunca. Sin embargo en aquella ocasión sí llegó. Aquello era lo que ella aguardaba. Una estrella fugaz que atravesó la bóveda celeste.
Los más tempranos recuerdos de su memoria se remontaban al día que arribó a Loire en un ente cósmico exactamente igual que aquel. En aquella ocasión no supo decir que mundo era más mágico, si aquel del que provenía o al que acababa de llegar.
¿Cuánto hacía de aquello? ¿Decenas, centenas o tal vez miríadas de años? El lapso desde entonces hasta ahora no tendría relevancia alguna de no ser por las cosas que habían cambiando en su transcurso.
Conforme de manera inexorable el mundo se iba haciendo más viejo, percibió que cada vez eran menos los que hablaban de las hadas y muchos menos a su vez los que tenían la capacidad de conseguir avistarlas. Claro está, comparado con épocas anteriores. Desgraciadamente, incluso había una gran mayoría que afirmaba rotundamente que todo era una invención y una gran mentira. Algo que no podía ser tratado de manera seria más que por locos. Esta idea es la que andaba atormentándola. ¿Y si realmente tuviesen razón? ¿Sería posible que ella no fuera más que el fruto de una antigua leyenda que tan solo permanecía viva en el recuerdo de unos pocos?
Pese a todo seguía habiendo un grupo de personas que se salvaban de estar entre los incrédulos. Eran los niños. Quiénes sino. Ellos poseían la más pura de las inocencias. Su amor era verdadero y sincero. No me refiero al amor apasionado de unos novios que están aprendiendo a besarse, sino al tierno amor que un hijo siente por su madre. Incapaces de desear el mal a otro y mucho menos de hacérselo. Sí, los niños creían en las hadas y, por ello, podían verlas.
Fue esto último lo que le hizo reaccionar. Su corazón comenzó a latir rápidamente. Se apresuró todo lo que pudo para volver de nuevo al Maine. Tal vez en esta ocasión algo hubiese cambiado. Una vez hubo llegado se reclinó en el suelo y poco a poco acercó su cabeza a aquel espejo del alma.
Una suave brisa despeinó su melena. Pero aquello no le importó lo más mínimo porque por primera vez en mucho tiempo, los preciosos ojos azules que la hacían tan especial, volvían a estar fulgurantes, sin tener nada que envidiar al astro que hace posible la vida en
Al fin había podido concebir que, al igual que muchas otras cosas, no iba a existir o dejar de hacerlo tan solo porque no todo el mundo profesase fe en ella.
Algunas personas dicen que las hadas no existen. Tal vez sea porque no consigan entender que un ser tan pequeño pueda albergar tanta belleza.
Bachiller Eleazar López Fernández.
Saint Barthélemy d’Anjou
27-X-2006








